El nuevo e-zine de El Patio Bar y los fetiches de Jose Luis Blanco

 ezineelpatiomarzo12.jpgQue encanto tienen las obras de Jose Luis Blanco. En su exposición, se conjugan una serie de elementos iconográficos que remiten a un pasado reciente. Como un crisol de contrastes, sus imágenes poseen la fuerza de la reminiscencia, amparadas en el eterno juego de lo prohibido y lo admitido. Vasos comunicantes entre el inconsciente y lo consciente, el erotismo que se despega de sus malabares funciona como un velo ante lo animal, suerte de ojo en la cerradura, vouyerismo y postura clásica. La técnica es irremediablemente collage, con matices cromáticos de gran valor gestual y trozos de barajas, gráficos biológicos, ángeles, fotografías nudistas, animales y demás intervenciones que hacen de la composición una referencia sacra. Este concepto se enfatiza con la pronunciada simetría de la realización pictórica, con ejes visuales bien definidos que besan a los retablos de las manifestaciones góticas y eclesiásticas.

Innegablemente, podríamos decir que la obra pictórica de Blanco se enmarca dentro de las nuevas tendencias vintage. Sin embargo, su modo de producción lo libera de cualquier definición y hace que su obra sea una suerte de tautología, autoreferencial y hermética en los designios del autor. Otro sector de la muestra, y no menos importante es la inmersión de Blanco en la elaboración de objetos. Estas esculturas, gráciles, móviles, contrastan su naturaleza física con los acabados y los materiales de confección. Y digo confección porque están vinculadas de manera evidente con el mundo de la moda; patente, cuero, remaches, nos acercan a el submundo del placer sexual. Estas esculturas son una especie de instantánea del morbo, una polaroid de sudor, deseo y dolor. Hay una que particularmente quisiera comentarles: se trata de una escultura hecha de patente negro, con remaches dorados y largas cuerdas negras que se destilan del centro, y que tiene un diente humano incrustado en su ser. Cuando la ví, inmediatamente pensé en films de Passolini, en Bares olvidados y en encuentros fortuitos. Reflexionando en torno al éxtasis y al dolor, esta escultura es una cerradura y una puerta, un fantasma que nos persigue y nos asalta en una reunión de súcubos, una señal que nos alerta y en su propia ingravidez, nos recuerda cuán animales somos y la inutilidad de nuestros esfuerzos por ocultarlo.

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